El Totum Revolutum o la evolución de mi estado mental en los últimos decenios

Creo recordar que éste es el tercer blog que comienzo.

Creo recordar, también, que los otros duermen el sueño de los justos hasta que suene el despertador.

Otrosí, creo recordar que la constancia, el perfeccionismo y la auto-exigencia nunca han sido características de mi comportamiento. Al contrario: la anarquía, el caos, la improvisación y el “¿Qué toca ahora?” es lo que ha regido mi vida. Y no es culpa mía. Son mis neuronas, a las que el trabajo en equipo no les gusta nada, pero nada de nada, y cada una va a su bola.

Ahora me da por las fotografías, que no por la Fotografía -que eso es otra cosa muy seria-y me abro un perfil en INSTAGRAM con el nick de NAVAESCO.

Ahora me canso de que siempre me den al like los mismos y que el tema funcione a nivel de correspondencia: tú me sigues-yo te sigo, si te gusta-a mi me gusta.

Entonces cambio el nick a CINAMON_TEA y vuelvo a tropezar con la misma piedra. Al final, los seguidores son los mismos. Ergo (luego en latinajo), dejo de colgar fotografías en IG (aunque, eso si, mantengo el nick como firma de las fotos, que no fotografías (repito) y como nombre de este blog. Porque si. Porque me gusta. Porque es mío.

Hace unos seis años llegué a Facebook (siempre llego tarde a todos sitios) y perdí la vergüenza. Me explico: comencé sin saber que poner y ahora no hay quien me calle.

Es lo que hay.

Tampoco voy a cambiar.

O si.

¡Yo qué sé!

Primero un blog sobre los libros que leía. Una entrada a la semana. Bien.

Luego pensé (otro de mis defectos es que pienso mucho y a menudo  mal) “¿pá que mantener un blog si ya lo pongo en mi página y en la de los grupos de lectura?” Y, ¡Oh, sorpresa!, lo dejé.

Lo retomé.

Lo volví a dejar.

Todo a mi muro y solo para mi muro.

Que si ahora comento una fotografía…

Que si ahora reseño un libro…

Que si me da por poner lo primero que se me viene a la cabeza…

Evidentemente, se ha convertido en un batiburrillo en el que no se encuentra nada. Venga, pues, abro una página para las fotos (en la que las cuelgo cuando me acuerdo), otra para los libros (ahí soy más rigurosa), otra para curiosidades, otra para… Y al final, ni yo misma se las páginas que controlo en el Face. Páginas, no perfiles, que conste. De éstos solo el principal y con mi nombre y apellido.

Por tanto me dije a mí misma: “Mimisma, igual es el momento de comenzar con un nuevo blog (que, por supuesto, no será el último) en el que escribas lo que te salga del teclado“.

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Esto es:

  1. Lo que pienso cuando veo una fotografía.
  2. Lo que me inspira un libro.
  3. Lo bien que sabe el té cuando se escucha determinada música.
  4. La última peli que he visto.
  5. Idem para serie.
  6. Lo que me gusta viajar en tren.
  7. Lo que me gustaría viajar en avión (mi Bibliotecario particular dice que Dios, en su infinita sabiduría, no hubiera dotado de alas si hubiera querido que volásemos, por lo que al aeropuerto voy solo a recoger a mis hijos, amigos o familiares)
  8. La última ocurrencia de Doña Imaginación Desmedida, que la tengo muy, pero que muy disgustada, porque la castigué en un rinconcito de mi hemisferio cerebral izquierdo (al fondo, al fondo del todo) y ahora dice que, hasta que no se lo pida por favor, no sale. Me lo estoy planteando.
  9. Lo primero que se me ocurra.

Esto es:  TOTUM REVOLUTUM, o al tuntún, o un #vivalavirgen. O sea, yo misma.

Yo pongo el enlace en mi muro de Facebook (con permiso de Mark Zuckerberg, que me tiene contenta, el chaval), si alguien quiere entrar, adelante, será bienvenido.

Que no, no pasa nada. ¿Qué va a pasar?

Así que ésta soy yo, asomándome por las rendijas de una persiana a ver si descubro algo que pueda resultar interesante.

Yo lo intento.

Hala.

Ya.

Cierro.

Adios.

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LOS BUENOS, Hannah Kent, o la historia a través de la literatura

Si algo me enseñó la Facultad de Geografía de Historia de Alicante es a NO JUZGAR la historia, sino a intentar comprenderla. A analizarla. A obviar la sensibilidad de nuestra época y hacer un ejercicio (nada fácil, por cierto) de traslado intelectual a otros años, otras culturas y otras sensibilidades.

Esto no es algo baladí, ni sencillo, ni absurdo. Es complejo y complicado. En ocasiones imposible. ¿Alguien es capaz de entender a un padre -católico y practicante hasta la obsesión- capaz de encerrar a un hijo en aislamiento perpetuo, condenándole tan solo a comer gachas? Felipe II. Sin ir más lejos. El niño, el Infante Don Carlos, no estaba muy bien “acabado” (por utilizar terminología actual). A problemas físicos y, sobre todo, psicológicos (con un sadismo tal capaz de pinchar los ojos de los gatos de palacio con agujas), se le unió un carácter traidor, así como suena. Pactaba con todo lo que se le ponía a mano para derrocar a “Nuestro gran Felipe, que Dios guarde”. Hace falta intentar entender que estamos hablando de:

  1. Siglo XVI.
  2. Felipe II (en el Imperio de España no se ponía el sol)
  3. Si, Imperio.

Dicho esto, no resulta incomprensible que, en una época en la que la RAZÓN DE ESTADO, es lo que marca la vida de cualquier rey que se precie (matrimonios, divorcios, asesinatos y demás), al amigo Felipe II no le quedará otra que tener que elegir entre su ESTADO y su HIJO. Entonces la elección no fue complicada. Hoy tampoco lo hubiera sido, si bien se hubiera optado por la contraria.

¿Crueldad? No. Educación. Costumbres. Tradición. Por eso es tan difícil juzgar la historia, por eso me “enfado” tanto cuando leo que políticos, periodistas y ciudadanos varios, juzgan lo pasado con criterios de actualidad. No solo es imposible, sino que, además, es un engaño, una tergiversación, una “manipulación”. Si, porque se está manipulando un hecho histórico y, lo que es más, sus consecuencias, según convenga a nuestro criterio.

Hala. Que a gusto me he quedado.

Dicho esto, se justifica el por qué soy tan reticente a leer literatura histórica. O a ver determinadas películas, según el director que las haya rodado (todavía me duelen las mandíbulas de intentar aguantar la risa al final de TROYA, y eso que no es de las malas).

Bueno, pues eso, que no me gusta la literatura histórica. Sobre todo cuando se refiere a grandes hechos históricos. Me apasiona, sin embargo, cuando habla de personas menudas, corrientes, humildes. De esos seres humanos que, por no saber, ni tan siquiera conocían el nombre de su país. Ahí si. Ahí caigo rendida. Ahí entro por la puerta grande.

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Y ya me entrego, hundida y humillada, cuando el escritor se trabaja el texto como lo hace Hannah Kent en este libro: LOS BUENOS. Y no se refiere a los protagonistas, sino a hadas, duendes, espectros y demás, que pueblan esos bosques irlandeses, que se atisban entre los retazos de niebla y de los que se huye despavorido en cuanto cae la noche.

Allá vamos: Irlanda en el primer tercio del S. XIX. Lo de la Crisis de la Patata y la consiguiente hambruna de principios del S. XX, que llevó a la población irlandesa a emigrar en masa fue una broma si lo comparamos con lo que se vivió unos años antes.

Superstición, miedo, frío y hambre. Buenos componentes para una historia. Y la escritora los acopla perfectamente.

Es la historia de Nora, una campesina a la que el mismo año le fallecen su hija y su esposo. La única herencia que tiene es Michael, el nieto. Un niño “distinto” (hoy diríamos que tiene necesidades especiales, entonces se le llamaba “monstruo” -por reincidir en la diferencia de mentalidades-). Escondido en la mísera cabaña, su existencia es desconocida por la mayoría de los vecinos de esta mujer. La vergüenza y el miedo se conjugan con el “cariño” (?) propio de una abuela.

Y con Nora está Nancy, contratada para ayudarle en las tareas del campo y cuidar al niño, y también Nance, medio sanadora, medio bruja, medio confidente del pueblo -siempre a escondidas. Tres mujeres que intentarán “capear el temporal” por donde se presente y como buenamente puedan. Frente a ellas, el nuevo sacerdote, que intentará luchar contra la superstición, la brujería y el Maligno, sea cual sea su forma y se presente como se presente.

Una narración dura, oscura, espesa, como la misma época que retrata. Personajes a los que la vida no les ha permitido tener “alma” o sentimientos. Situaciones en las que ninguno de nosotros nos quisiéramos encontrar, ni siquiera en nuestro cómodo siglo XXI.

Unas descripciones vívidas, nítidas. Se ve, se siente, se oye, se huele la cabaña, el brezo, el humo, la paja, la lana mojada, la orina de la vaca y la patata hervida.

Uno de los títulos que, no solo me reconcilian con la narrativa histórica, sino que doy gracias a los pequeños lares, manes y penates de los escritores y las imprentas por que nos los faciliten. Una fuente maravillosa para que se intente comprender que no siempre se ha vivido como ahora. Que una cosa es la película de Hollywood en la que los personajes incluso se lavaban la cabeza casi todos los días y tenían las manos y las uñas en perfecto estado de revista, y otra muy distinta lo que realmente ocurrió y cómo y por qué las personas vivían así.

En descargo tengo que reconocer que actualmente se está tomando más en serio la “ambientación” de la trama en el terreno visual. La Peste, una serie española más que digna, es un ejemplo claro de lo que afirmo. O libros como éste, los dos ejemplos intentan narrar de forma creíble lo que resulta incompresible para nuestros refinados, educados y “tiquismiquis” sentidos contemporáneos.

Este es uno de los libros que hay que leer (si o si) si lo que pretendemos es conocer otras formas de vida, en otros tiempos y países.

Sigo diciendo que es muy, muy duro. Que es de los que se quedan dentro por mucho, mucho tiempo. Que me ha llevado unos días decidir cómo podía describirlo y que Ana Cepeda me ha abierto los ojos. Ha hecho una reseña espectacular (en su muro de Facebook), no puedo ni debo añadir nada más, por lo que me ha dado por utilizarlo como vehículo para reclamar un poquito más de seriedad a la hora de hablar de historia.

O de derecho.

O de nutrición.

O de psicología.

O de vacunas infantiles.

O de decisiones que no sabemos cómo y por qué se toman.

O de pedir, desde aquí, que seamos un poquito más serios, que opinemos y analicemos lo que nos de la gana, pero que NO JUZGUEMOS lo desconocido.

Yo también lo hago, y entonces no me queda otra que humillar la cabeza y reconocer mi ignorancia.

Hoy va de esto.

El poder de las re-lecturas o cuando no tienes el cuerpo “pa” farolillos.

Siempre he dicho que no soy lectora de repetir títulos, que hay demasiadas historias por conocer y cada día salen novedades literarias (y musicales, y cinematográficas, y televisivas… )

A la hora de leer, procuro compaginar literatura europea con americana, australiana, africana o la “oriental” (reconozco que me pierde) en la que incluyo desde Marruecos hasta la Japón. Así, sin fronteras ni nada. A lo bruto. ¿Para que vamos a andarnos con delimitaciones territoriales? Bastante complicado es elegir un autor para encima poner más carpetas y subdivisiones.

Igualmente, intento alternar la novela negra (desde el malo malísimo, psicópata incurable, cruel e inhumano, hasta el malote simpático que lo que es, en el fondo, es un pobre hombre) con la narrativa contemporánea, permitiéndome algún interludio en territorio clásico, histórico o ensayo.

Y digo esto, que no le importa a nadie, para justificar ante mí misma la época de “bises” que llevo. Y Mimisma se queja, of course:

– “Nena, estás apergaminá. Qué poquitas ganas tienes de arriesgar. Hala, a lo segurito, no vaya a ser que te equivoques. ¡Vaya muermo de jefa!“.

Y aquí, por más que me duela, debo darle la razón, porque la tiene. Y, como lo cortés no quita lo valiente cuando Mimisma dice la verdad hay que reconocérselo.

Bien todo esto es un “a modo de introducción” o un “estado de la cuestión” (como iniciaba los informes alguien con quien trabajé hasta para pedir sacapuntas, angelico del señor) para reconocer públicamente que llevo una temporada en la que arriesgar me cuesta mucho. Quizá sea porque no ha habido suerte en la trama de los últimos títulos, o por no encontrar un escritor que me atraiga -ponga lo que ponga- por el simple hecho de cómo logra juntarpalabras para que la frase “suene”.

Así que como más vale conocido que malo por conocer, me he lanzado a visitar a los viejos amigos, a tomar el té en las habituales tazas de los salones ya familiares, y a preguntar por aquellos a los que hace tiempo que no veo.

Me acerqué primero a Venecia -no consigo que el Conde Farlier me invite a cenar, por mUnknown-5.jpegás que se lo pido a Donna Leon- y he pasado unos ratitos muy agradables con Brunetti, Paola y los chicos. He recordado a Puccetti y a Vianello, he vuelto a subir en la lancha con Alvise y me disfrutado de un Spritz con un crostini en cualquiera de los bares que conoce Guido y que están apartados de los recorridos turísticos (lo cual es mucho de agradecer, porque lo de esta ciudad y los turistas da para una tesis doctoral).

 

Unknown-6.jpegAprovechando el viaje, he bajado a Bari. Llevabamenos tiempo sin alternar con otro Guido, esta vez Gerrieri, el abogado de Carofiglio, pero ¿a quien no le gusta hablar de la corrupción política y orgánica de sistemasadministrativos como el italiano, tan parecido al español? Y a mi que estos dos Guidos me ponen. Cada uno en su estilo.

El primero es un bonachón que bastante tiene con sobrellevar, desde dentro, el sistema policial italiano. El segundo (me encanta) es mucho, muchísimo más cínico. Uno lucha contra la delincuencia (versus corrupción) desde la legalidad y el otro, inteligente y hábil, la ataca utilizando sus mismas armas. ¡Ay! (suspiro). ¡Estos italianos!.

Harta ya de tanta grappa y tanta pasta, decidí suUnknown-3.jpegbir a tierras más frías a saludar a Harry Hole. Le tengo muchas ganas a la versión que ha escrito de Macbeth (dentro del Proyecto Shakespeare), pero me da mucho respeto. A trío (Nesbo-Shakespeare-Macbeth)  hay que echarle de comer aparte y se merece un estado emocional muy específico y yo, ahora mismo, como que no. Así que me dije: Vamos a visitar a Harry Hole a ver si me anima. Pero tampoco. Mucho frío, mucho alcohol y mucho drama psicológico para mi que, en estos días, como ya he dicho antes, “no tengo el cuerpo pa farolillos”.

Total, que me volví al Sur, pero al Norte.

No es una contradicción. Me explico, me vine a territorio patrio (como en casa en ningún sitio) pero me quedé por tierras cántabras. María Oruña es una mujer a la que le debo una disculpa muy grande, así que allá me fui, para Santander, a darme una vueltecita por Comillas, Suances, Santillana del Mar (que no es ninguna tontería, oigan, hacerse un “viajecito” a Cantabria)  y pedirle perdón por haber tardado mucho tiempo en leer “Puerto escondido” (la verdad es que no sé por qué, pero no me llamaba nada la atención, pero nada denada). Aproveché la publicación de “Un lugar adonde ir” y pensé “Venga, Nita, a ver que tal”. Y los leí los dos, uno tras otro. Lo pasé tan bien con Valentina Redondo y su Oliver Gordon, que antes de conocer ese espacio “Donde fuimos invencibles” he decidido dar un repaso a los otros dos y, ya puesto, pedirle humildemente perdón a María y jurarle, por lo más sagrado, que nunca volveré a dudar de ella y de sus libros.

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Total, que llevo casi un mes de “replay” y estoy encantada. No siempre estamos para descubrir territorios nuevos, de vez en cuando hay que volver a pisar los entornos familiares, igual así llegamos a conocernos también un poco mejor. O no. Pero bueno. No estaba yo en modo aventurero y decidí permanecer en una zona de confort cómoda y calentita.

Ahora si. Ahora ya he descansado de la tensión de buscar novedades que llevarme a los ojos, me he reencontrado con algún que otro miembro de “La Peña” y estoy en condiciones de conocer gente nueva.

Será una tontería, no digo yo que no, pero es lo que andaba necesitando.

Un cuando una necesita algo, no puede suplirlo con otra cosa.

Yo me explico.

 

LOS SCHROEDER. Una pareja al borde del Rhin o la importancia de la “H”.

Heinrich y Helga (los dos con H) se conocieron en Hamburgo (también con H) durante unos recitales de clásica en la Heuberg Platz (tercera H, pero ya acaban pronto, tranquilos). El tema era El Mesías, si el de Händel (ya es la última -creo-) y a ninguno de los dos les gustaba la música barroca.

– ¡Qué barbaridad! – musitó Heinnrich – Vaya pulmones.

– Odio estos gritos – contestó Helga.

Se miraron. Uno al lado del otro.

-¿Te conozco? – preguntó él.

– No- Respondió ella.

Más tarde, con los años, Heinrich se daría cuenta que aquel NO encerraba muchas mas respuestas que la de lo preguntado, era el mantra de su esposa: NO. Su palabra fetiche: NO. Su conjuro: NO. Pero aquella tarde, ese NO era un preludio:

NO, lo siento.

NO, todavía.

NO, pero eso se soluciona pronto.

NO, y es una verdadera lástima.

-Me llamo Heinrich- afirmó tendiéndole la mano.

-Helga-respondió la joven- Con hache.

-¿Como Huelga?

-Sin la “u”.

Y así comenzó todo. Un noviazgo, ni largo ni corto; una boda, ni austera ni ostentosa; una luna de miel (con M, sin H) tirando a normalita y un futuro en común más que previsible a orillas del Rhin (con H intercalada).

Abrieron un restaurante. Sin pretensiones, como ellos. Chucrut, codillo y kartoffen. Y cerveza. Mucha cerveza. Más de la que se vendía. Más de la que regalaban a los clientes en ocasiones especiales. Más de la que Helga suponía. Más, en términos generales. Porque Heinrich era bebedor de cerveza compulsivo, sin llegar al alcoholismo (otra H), eso sí. Y a Helga eso no le gustaba. Ni poco ni mucho. Nada. Pero nada de nada.

Pasaron los años. La familia aumentó con Helmut (si, otra H) y Helen (¿alguna duda?), lo mismo que aumento el perímetro abdominal de papá H. (la cerveza es lo que tiene) y las posaderas de mamá H. (el codillo, en su caso).

Las estaciones se intercalaban entre ellas con precisión militar: Primavera, Verano, Otoño, Invierno, y vuelta a empezar el ciclo. Nunca, jamás se conoció la indisciplina de alguna de ellas. Los turnos se guardaban celosamente y dedicaban los primeros días a despedirse de la anterior, y los últimos a prepararse para la venidera.

En Invierno y Otoño las ventas descendían. Ya se sabe que a orillas del Rhin hace mucho frío, llueve como si se hubieran partido las cañerías del cielo y apetece más quedarse en casita, a la lumbre. Con el vino caliente espaciado propio de esas tierras.

Los habituales seguían fieles: cerveza los sábados por la noche en parejas (y que nadie pregunte si eran fijas o eventuales) y Codillo los domingos en familia (esa ya si era la de verdad)

La primavera animaba  el cotarro y el verano desbordaba previsiones. Las bebidas se vendían calientes y las carnes frías porque no daba tiempo a enfriar las primeras o calentar las segundas.

Y entonces llegué yo.

Paseaba por la calle, vi el restaurante, me gustó, fotografíe la entrada.

Helen, un par de trenzas y un manojo de huesos (la niña había salido vegana, mire usted) me contó la historia:

“Y después de un invierno largo y frío, Frau Schroeder piensa que es hora de honrar al buen tiempo y decide colocar unas macetas en la calle. Poca cosa. Dos o tres, solo para que alegren a los transeúntes, a ver si se animan a entrar en el restaurante, que lleva meses a medio gas. Su marido, Heinrich, le recuerda aquello de que menos es más, que lo poco gusta y lo mucho cansa, que todo exceso tiene un defecto y, por último, que quien mucho gasta, poco guarda (todo el pueblo sabe que Schroeder, el de la cantina, es muy refranero y de naturaleza tacaña)
Helga resopla afirmando que siempre habla quien tiene q callar, que no se hizo la miel para la boca del asno y que a ver si vamos aprendiendo ya, que no por mucho madrugar amanece más temprano.
– No viene al caso, schatz (querida)- dijo él
– Porque tú lo digas – sentenció ella
Y así (mismamente por llevar la contraria) Frau Schroeder ha colocado a pie de calle unas poquitas plantas de nada y, como venganza, se ha puesto un jarrón junto a la puerta al que ha llenado de flores como si no hubiera un mañana.
Ya se sabe que donde hay patrón no manda marinero y que cuando ella habla, actúa o decide, a él no le queda otra que callar, acatar y OBDCR.”
Si es lo mismo que he puesto esta mañana en mi Facebook.
Cambia el final.
En realidad fue un intercambio de frases muy cortito:
– Las fraulein alemanas sois muy vuestras, ¿no?- pregunté.
– Mira la Merkel- contestó.
Evidentemente, ante esa referencia, opté por una despedida cordial (por si acaso) y me dirigí al coche para poner rumbo a la otra orilla, a la francesa. Por lo menos, en esa, me comunico mejor.